2000 Diciembre Mi Niñez, Mi Sabat, Mi libertad, Ensayo escrito por Michael Jackson
Ago19

2000 Diciembre Mi Niñez, Mi Sabat, Mi libertad, Ensayo escrito por Michael Jackson

Fecha: Diciembre de 2000

Mi Niñez, Mi Sabat, Mi libertad

Ensayo escrito por Michael Jackson

Página Internet: Belief.net

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rabino

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En una de nuestras conversaciones junto a mi amigo, el Rabino Shmuley, me dijo que había propuesto a algunos de sus colegas (escritores, pensadores y artistas) que escribieran sus reflexiones sobre el Sabát. Él sugirió entonces que yo apunte mis propios pensamientos sobre el asunto. Estaba intrigado por el proyecto, justo en el momento de la reciente muerte de Rose Fine, una mujer judía quien era tutora en mi niñez  y quién viajó conmigo y mis hermanos cuando éramos “The Jackson Five”.

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Cuando las personas ven las apariciones que hice en la televisión, era apenas un muchacho (8 o 9 años), ellos ven  a un muchacho con una gran sonrisa. Asumen que este pequeño está sonriendo porque es alegre, que está cantando con su corazón porque es feliz, y que está bailando con una energía que nunca deja, porque está distendido. Mientras cantaba y bailaba era feliz, y sigo siéndolo. En ese momento lo que más quise eran dos cosas que hacían  años maravillosos a mi  niñez, a saber:  la hora de recreo y  el sentimiento de ser libre. El gran público tiene que entender las presiones de un niño célebre, todo ese éxito siempre exige un gran precio. Mas siempre, deseé ser un muchacho normal. Quise construir las casas del árbol e ir a patinar en las fiestas. Pero siempre fue imposible. Tenía que aceptar que mi niñez sería diferente a la mayoría de los otros. Eso fue lo que siempre hizo preguntarme como seria una niñez normal.

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Había un día en la semana, sin embargo, que yo podía escaparme de los estudios de Hollywood y de las muchedumbres de los conciertos. Ese día era el Sabát. En todo las religiones, el Sabát es un día que se le permite y se le exige al creyente que ande fuera de lo cotidiano y se enfoque hacia lo trascendental. Yo aprendí algo en particular sobre el Sabát Judío, en particular de Rose, y mi amigo Shmuley  me fue clarificando cómo, en el Sabát judío, la vida cotidiana de cocinar la cena, comprar comestibles y regar el césped, dan paso a lo extraordinario, natural y milagroso. En este día, el Sabát, todo el mundo consigue detener al ser ordinario.

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Pero lo que yo quería, estaba más allá del ser ordinario o trascendental. Así que, en mi mundo, el Sabát era el día en que podía caminar fuera de mi única vida y vislumbrar lo cotidiano. Los domingos eran mi un día para “Abrir caminos”, (el término usado para el trabajo misionero de los testigos de Jehová). Nosotros nos pasábamos el día en los suburbios de California del Sur, yendo de puerta en  puerta o haciendo rondas en el centro comercial distribuyendo nuestra revista de la “Atalaya”. Continué mi trabajo de “abrir caminos” durante años.  Después de 1991, luego de mi gira “Dangerous”, me disfrazada con un traje de gordo, peluca, barba, gafas y salía por diferentes lugares, visitando shopping y casas rodantes en los suburbios. Amé poner el pie en todas esas casas y ver a los niños jugando al Monopolio o con sus abuelas sentadas en sillones  mimándolos; todo aquello era maravillosamente ordinario y para mí eran mágicas escenas de la vida.  Muchos, lo sé, dirían que estas cosas no parecen nada grande. Pero para mí eran realmente fascinantes.

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La cosa más cómica era que ningún adulto alguna vez sospechó quién era ese extraño hombre de barba. Pero los niños, con su intuición extra, lo supieron enseguida. Como el  Flautista de Hamlin, me seguían ocho o nueve niños alrededor del centro comercial. Ellos me seguían, susurraban y se reían, pero no revelaban mi secreto a sus padres. Eran mis pequeños ayudantes. Eh, quizás usted recibió una revista dada por mí. ¿Ahora se estará preguntando seguramente si así fue?.

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Los domingos eran sagrados por otras dos razones. El día en que asistía a la iglesia y el día que ensayaba duramente. Esto puede parecer que contradecía la idea del “resto del Sabát,” pero era la manera más sagrada de pasar mi tiempo: desarrollando los talentos que Dios me dio. La iglesia era un obsequio en su propio derecho. Era de nuevo una oportunidad para mí de ser ” normal.” Los superiores de la iglesia me trataron igual que trataban a todos los demás.

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Cuando era niño, mi familia entera asistía a la iglesia en Indiana. Cuando nosotros crecimos, se puso difícil, y mi madre notable y verdaderamente santa a veces terminó yendo sola. Cuando las circunstancias hicieron difícil que yo asista, me conforté con la creencia de que Dios existe en mi corazón, en la música y en la belleza, no sólo en un edificio. Pero todavía extraño el sentido de comunidad que sentía allí. Extraño a los amigos y a las personas que me trataron solo como uno más de ellos. Simplemente humano, compartiendo un día con Dios.

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Cuando fui padre, mi sentido entero de Dios y del Sabát fueron redefinidos. Cuando miro a los ojos de mi hijo, Prínce, o de mi hija París, veo los milagros y  la belleza. Cada día se vuelve “el Sabát”. Teniendo a los niños me permito entrar en este mundo mágico y santo a cada momento de todos los días. Veo a Dios a través de mis niños. Hablo con Dios a través de mis niños. Agradezco las bendiciones que Él me ha dado.

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Ha habido momentos en mi vida cuando yo, como todos, he tenido que preguntarme sobre la existencia de Dios. Cuando Prince sonríe, cuando en París se ríe, no tengo dudas. Los niños son un regalo de Dios para nosotros. No son más que eso:  son la forma misma de la energía de Dios y de la creatividad y el amor.  Él se encuentra en su inocencia, con experiencia en su alegría.

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Mis días más valiosos como un niño eran los domingos, cuando tuve la oportunidad de ser libre. Eso es lo que el Sabbath ha sido siempre para mí. Un día de libertad. Ahora me entero de esta libertad y de la magia todos los días en mi papel como padre. Lo asombroso es que todos tienen la capacidad de hacer que cada día el día precioso que es el Sabbath. Y lo hacemos por dedicarnos nuevamente a las maravillas de la niñez. Lo hacemos por dar más de nuestro corazón y la mente para toda la gente pequeña que llamamos hijo y una hija. El tiempo que pasamos con ellos es el Sabbath. El lugar que gastamos es que se llama Paraíso.
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La mayor parte de la traducción y transcripción, fue tomada de: 

http://www.lacortedelreydelpop.com/misabat.htm

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ARTÍCULO ORIGINAL EN INGLÉS:

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My Childhood, My Sabbath, My Freedom

What I wanted more than anything was to be ordinary. The Sabbath was when I could be.

BY: Michael Jackson

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This story first ran on Beliefnet in December, 2000.
Childhood
“Have you seen my childhood?
I’m searching for that wonder in my youth
Like pirates in adventurous dreams,
Of conquest and kings on the throne…”Written and Composed by Michael Jackson
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In one of our conversations together, my friend Rabbi Shmuley told me that he had asked some of his colleagues–-writers, thinkers, and artists-–to pen their reflections on the Sabbath. He then suggested that I write down my own thoughts on the subject, a project I found intriguing and timely due to the recent death of Rose Fine, a Jewish woman who was my beloved childhood tutor and who traveled with me and my brothers when we were all in the Jackson Five.

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Last Friday night I joined Rabbi Shmuley, his family, and their guests for the Sabbath dinner at their home. What I found especially moving was when Shmuley and his wife placed their hands on the heads of their young children, and blessed them to grow to be like Abraham and Sarah, which I understand is an ancient Jewish tradition. This led me to reminisce about my own childhood, and what the Sabbath meant to me growing up.

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When people see the television appearances I made when I was a little boy–8 or 9 years old and just starting off my lifelong music career–they see a little boy with a big smile. They assume that this little boy is smiling because he is joyous, that he is singing his heart out because he is happy, and that he is dancing with an energy that never quits because he is carefree.

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But while singing and dancing were, and undoubtedly remain, some of my greatest joys, at that time what I wanted more than anything else were the two things that make childhood the most wondrous years of life, namely, playtime and a feeling of freedom. The public at large has yet to really understand the pressures of childhood celebrity, which, while exciting, always exacts a very heavy price.

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More than anything, I wished to be a normal little boy. I wanted to build tree houses and go to roller-skating parties. But very early on, this became impossible. I had to accept that my childhood would be different than most others. But that’s what always made me wonder what an ordinary childhood would be like.

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There was one day a week, however, that I was able to escape the stages of Hollywood and the crowds of the concert hall. That day was the Sabbath. In all religions, the Sabbath is a day that allows and requires the faithful to step away from the everyday and focus on the exceptional. I learned something about the Jewish Sabbath in particular early on from Rose, and my friend Shmuley further clarified for me how, on the Jewish Sabbath, the everyday life tasks of cooking dinner, grocery shopping, and mowing the lawn are forbidden so that humanity may make the ordinary extraordinary and the natural miraculous. Even things like shopping or turning on lights are forbidden. On this day, the Sabbath, everyone in the world gets to stop being ordinary.

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But what I wanted more than anything was to be ordinary. So, in my world, the Sabbath was the day I was able to step away from my unique life and glimpse the everyday.

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Sundays were my day for “Pioneering,” the term used for the missionary work that Jehovah’s Witnesses do. We would spend the day in the suburbs of Southern California, going door to door or making the rounds of a shopping mall, distributing our Watchtower magazine. I continued my pioneering work for years and years after my career had been launched.

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Up to 1991, the time of my Dangerous tour, I would don my disguise of fat suit, wig, beard, and glasses and head off to live in the land of everyday America, visiting shopping plazas and tract homes in the suburbs. I loved to set foot in all those houses and catch sight of the shag rugs and La-Z-Boy armchairs with kids playing Monopoly and grandmas baby-sitting and all those wonderfully ordinary and, to me, magical scenes of life. Many, I know, would argue that these things seem like no big deal. But to me they were positively fascinating.

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The funny thing is, no adults ever suspected who this strange bearded man was. But the children, with their extra intuition, knew right away. Like the Pied Piper of Hamlin, I would find myself trailed by eight or nine children by my second round of the shopping mall. They would follow and whisper and giggle, but they wouldn’t reveal my secret to their parents. They were my little aides. Hey, maybe you bought a magazine from me. Now you’re wondering, right?

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Sundays were sacred for two other reasons as I was growing up. They were both the day that I attended church and the day that I spent rehearsing my hardest. This may seem against the idea of “rest on the Sabbath,” but it was the most sacred way I could spend my time: developing the talents that God gave me. The best way I can imagine to show my thanks is to make the very most of the gift that God gave me.

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Church was a treat in its own right. It was again a chance for me to be “normal.” The church elders treated me the same as they treated everyone else. And they never became annoyed on the days that the back of the church filled with reporters who had discovered my whereabouts. They tried to welcome them in. After all, even reporters are the children of God.

When I was young, my whole family attended church together in Indiana. As we grew older, this became difficult, and my remarkable and truly saintly mother would sometimes end up there on her own. When circumstances made it increasingly complex for me to attend, I was comforted by the belief that God exists in my heart, and in music and in beauty, not only in a building. But I still miss the sense of community that I felt there–I miss the friends and the people who treated me like I was simply one of them. Simply human. Sharing a day with God.

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When I became a father, my whole sense of God and the Sabbath was redefined. When I look into the eyes of my son, Prince, and daughter, Paris, I see miracles and I see beauty. Every single day becomes the Sabbath. Having children allows me to enter this magical and holy world every moment of every day. I see God through my children. I speak to God through my children. I am humbled for the blessings He has given me.

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There have been times in my life when I, like everyone, has had to wonder about God’s existence. When Prince smiles, when Paris giggles, I have no doubts. Children are God’s gift to us. No–they are more than that–they are the very form of God’s energy and creativity and love. He is to be found in their innocence, experienced in their playfulness.

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My most precious days as a child were those Sundays when I was able to be free. That is what the Sabbath has always been for me. A day of freedom. Now I find this freedom and magic every day in my role as a father. The amazing thing is, we all have the ability to make every day the precious day that is the Sabbath. And we do this by rededicating ourselves to the wonders of childhood. We do this by giving over our entire heart and mind to the little people we call son and daughter. The time we spend with them is the Sabbath. The place we spend it is called Paradise.

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FUENTE:

http://www.beliefnet.com/Faiths/2000/12/My-Childhood-My-Sabbath-My-Freedom.aspx?p=1

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